miércoles, 20 de junio de 2007

MARRAKECH, UN OASIS DE FRAGANCIAS








¿Existe en el mundo algún otro mercado tan sugerente como el de la plaza Djemma el-Fna, en Marrakech?



La verdad es que sin gente no tendría nada de especial, pues no cuenta con un monumento imponente ni ningún edificio de relevancia. De hecho, ni tan siquiera es una plaza propiamente dicha. En tiempos de los franceses era un aparcamiento y, en sus orígenes, albergó el cadalso de la ciudad, de ahí su nombre, que significa “la plaza de laos muertos”. En la actualidad, sin embargo, ha pasado a encarnar la vida misma y esa necesidad tan humana de relacionarse los unos con los otros bajo las más variopintas y maravillosas modalidades.



De día, la plaza se halla enmarcada por una serie interminable de carros con un sinfín de naranjas frescas listas para ser exprimidas. Dentro del perímetro, se expone todo tipo de productos y mercancías, desde teteras y tallas de madera hasta alfombras y artículos de marroquinería, además de las imprescindibles pastas dulces, los especiados tagines, ratatouilles y shashlik sobre un fondo de música y sonidos de todo tipo. De noche la plaza se transforma en una especie de circo felliniano donde tienen cabida desde prestidigitadores y malabaristas hasta boxeadores y encantadores de serpientes, todo ello con el humo y el aroma a especias de innumerables parrillas. También se puede escuchar el insistente tam tam de unos tambores, como si todo este caos formara parte de un meticuloso ritual de ejecución diaria.



Dentro, ya en las entrañas del zoco, se asiste a un festín idéntico para los sentidos, con una pesada mezcla de olores de fondo. Al pasar ante los innumerables puestos en los que se vende de todo entre polvorientos rayos de sol que, a duras penas, logran filtrarse por el techo, le asalta a uno el inconfundible aroma a canela entremezclado con el de sándalo y la madera de cedro, el del cuero y ese aroma nacional de Marruecos que es la menta. Con esas pirámides de azafrán y cilantro, y ese sinfín caótico de telas, lámparas y teteras que cuelgan del techo, el zoco de Marrakech es una auténtica cueva de Aladino.



Pero la ciudad tiene otras muchas cosas más aparte del mercado. Tanto las murallas, de un inconfundible color tierra rojizo, como las imponentes puertas de Bad Debbagh y Bad Aghmat, y la equilibrada mezquita de la Kutubia, todo un símbolo de la ciudad, han resistido el paso de los siglos en un perfecto estado de conservación, y ello a pesar de las atenciones de incontables pretendientes y saqueadores. Dentro de esas murallas no sólo hay una frenética actividad comercial, sino también un oasis de jardines como el de Majorelle, donde los protagonistas son los hibiscos, las buganvillas, las palmeras y los plátanos. Musa ahora de los perfumistas, todos estos jardines fueron antaño el refugio de intelectuales y estudiosos del Corán que hicieron de Marrakech el centro de la civilización marroquí, frente al conservadurismo de Fez.



Heredera de semejante tradición, Marrakech es, sin embargo, mucho más que una plaza y un paraíso de los aromas. Como la danza del velo, esconde tras de su mirada un misterio que constituye un autentico festín para los sentidos.

“No se puede vivir en Marrakech y no gustarte las fragancias. Aquí el perfume tiene un carácter místico, forma parte indisoluble de la vida misma” Serge Lutens. Perfumista.

miércoles, 13 de junio de 2007

RIO DE JANEIRO, LA EXPLOSIÓN DE LA SENSUALIDAD









No es posible sentirse culpable en Río, una ciudad bendecida con tantos encantos naturales que toda ella se ha convertido en una fiesta del hedonismo. Rodeada de selva tropical, montañas de granito y playas, Río ha sabido sacar partido de tan variopinto entorno. Los cariocas, que es como se conoce popularmente a los lugareños, suelen buscar el fresco y la sombra de las montañas, o bien se vuelcan por entero en la arena, donde aprovechan para cerrar algún que otro trato y de paso ligar, o se consagran al culto del cuerpo, la religión no oficial de Río.
Hubo un tiempo en que Río de Janeiro fue la capital de Brasil (Sus más fieles partidarios sostienen que todavía hoy en día sigue siendo la capital espiritual del país). Incluso en un momento dado llegó a convertirse en la capital del mismísimo imperio portugués, cuando tras la invasión de Portugal a manos de las tropas napoleónicas Dom Joäo VI hubo de trasladar la corte a Río. Los portugueses arribaron a este espléndido puerto natural el 1 de enero de 1502, y creyeron que se trataba de la desembocadura de un río de grandes dimensiones, de ahí el nombre con el que bautizaron al lugar, Rio de Janeiro, el “río de enero”, antes de proseguir con su expedición. Al poco, los franceses intentaron hacerse con el control de la región con la intención de crear una especie de Francia antártica calvinista. No deja de ser curioso pensar que, en caso de que finalmente se hubieran hecho con el poder, las jóvenes de Ipanema habrían tenido que vestir sayo y cinturón de castidad….
El descubrimiento de oro en las tierras del interior y el privilegiado emplazamiento de Río como puerto más próximo a dichas minas hizo que el lugar disfrutara de dos largos siglos de gloria y esplendor. La ciudad fue abriéndose paso por entre las montañas en dirección sur hacia Copacabana y más allá, y entró en el siglo XX con la aspiración de ser el París de los trópicos. Durante las décadas de 1950 y 1960, cuando Sao Paulo se convirtió en el principal centro comercial del país, Río entró en una fase de cierta decadencia y hubo de contentarse con asumir la condición de capital de la diversión y la fiesta. La ciudad cuenta con el carnaval más importante y deslumbrante de todo el mundo, e incluso hay un estadio consagrado a tal efecto junto a la playa, donde los participantes despliegan todas sus galas y llevan a todo el mundo el sonido de la samba, la música de la comunidad negra más pobre que ha acabado convirtiéndose en el himno nacional de Brasil.
De una manera harto peculiar, Río ha integrado a los pobres que viven en ella en unas condiciones del todo deplorables desde el momento en que las favelas se hallan justo en el centro de la ciudad, desde donde curiosamente se consiguen algunas de las mejores vistas. De hecho se han convertido en una parte esencial del paisaje urbano, al que incluso se organizan visitas guiadas, además, claro está, de los dos grandes símbolos de la ciudad: la montaña de Pan de Azúcar y el Cristo en la cima del Corcovado, a cuyos pies late el paraíso de la samba.

martes, 5 de junio de 2007

LAS VEGAS, EL PARAISO EN MEDIO DEL DESIERTO










La mejor forma de visitar esta ciudad es con la mente lo más abierta posible. No como Raul Duke en la película “Miedo y asco en las Vegas”. Como anticipo, llegar a la ciudad de noche y en avión no tiene desperdicio: Después de atravesar el inmenso desierto de Mojave, de repente surgen de la nada las luces de la montaña rusa más deslumbrante jamás concebida.



Una vez en tierra, la animación que se vive en las calles de la ciudad es frenética, aunque a la luz del día los casinos muestran un aspecto un tanto hortera y de mal gusto. Las Vegas es, literalmente una ciudad explosiva, y no solo por el próximo campo de pruebas nucleares que van a abrir muy cerca de allí. Además presenta el índice de crecimiento demográfico más elevado de todo el país, con apenas un escaso 6% de su población nacida en la propia ciudad. Hace setenta años, las Vegas era una modesta población de ocho mil habitantes surgida en torno a una estación de tren. El punto de inflexión fue la decisión del gobierno de la nación de represar las aguas del Hoover y construir una base aérea de las fuerzas armadas, con lo que surgió la necesidad de crear las correspondientes infraestructuras de ocio y diversión para todo el personal. Las autoridades del estado de Nevada legalizaron los casinos, y a finales de la década de 1940, los contrabandistas de licores y los gángsters irrumpieron en la ciudad de la mano de Bugsy Siegel, cuyo hotel Flamingo marcó toda una época de luces de neón y terciopelo afelpado. Las Vegas estaba lista para la fiesta y los Rat Pack no tardaron en llegar. Rat pack era el nombre con el que se conocía a cinco compañeros de andanzas allá por la década de 1950: Sinatra, Dean Martin, Joel Bishop escribieron varias páginas de la historia de las Vegas. A finales de la década de 1960, Howar Hughes había fijado su residencia en Desert Inn, y Elvis en el Hilton. Gente peligrosa en un entorno peligroso. Y ¿A que no sabéis quien fue la inventora de este nombre?. Pues la famosa e inocente niña del Mago de Oz quien al ver a los 5 con una borrachera importante les dijo: “Parecéis un maldito grupo de ratas”.



Los excesos de otros tiempos son ya cosa del pasado y ahora la ciudad centra sus esfuerzos en convertirse en un espacio de ocio familiar. Mientras, los casinos, que toman sus nombres de los primeros recintos temáticos (Circus Circus y Caesar´s Palace en la década de 1960) no dejan de crecer y el perfil surrealista del Venetian, el Paris o el New York han marcado definitivamente los horizontes de la ciudad. Tan sólo la mirada perdida de los inocentes turistas es la misma de siempre; el resto de Las Vegas que rememora las antiguas glorias es ya cosa del pasado, salvo algún que otro destello esporádico, como las luces de neón del Stardust.



Más allá del entretenimiento y el juego, también hay atisbos de cultura y algunos edificios notables como la Clark County Library, de estilo neoclásico. Pero sigue siendo el lugar del mundo donde casarse de inmediato es posible en las múltiples capillas de la ciudad, en algunos casos incluso sin ni siquiera salir del coche. Aquí es posible todo, incluso que esta ciudad es la única hermanada con Baden, de la archienemiga Cuba.

martes, 22 de mayo de 2007

AMSTERDAM, UN OASIS DE LIBERTAD (SEGUNDA PARTE)




Siguiendo con los encantos que Ámsterdam ofrece, diré que una de las cosas que más llama la atención son los coffee shops. La nebulosidad de la marihuana de culto que se fuma allí hace que el café sólo sea un complemento del verdadero motor de este negocio. Las risas parecen brotar naturales y los ojos se esconden tras los parpados. Todo es felicidad entre los apellidados “fumetas”. Una de las frases que me hizo mucha gracia cuando estuve fue la de un español que vivía allí y que me dijo “esto es vida, venden medicina sin receta, tío, y no hacen ni redadas”. También en algunas tiendas se vende el hongo mágico que no es el post de la bomba atómica, aunque la metáfora pueda servir. Por lo visto se trata de un alucinógeno que provoca muchas visiones y fantasías.

Ámsterdam ofrece, de este modo, las ideas preconcebidas, pero los que sólo hacen la consabida excursión en barca se pierden los rincones secretos a los que sólo se accede a pie (por ejemplo, en el distrito de Jordaan: un museo extravagante o un anticuario exquisito en el sótano de una casa del canal). En un grupo de casas, las plantas superiores se convierten en una capilla católica, muy adornada en 1663; durante esa década, en esas casas se celebró misa, mientras el severo calvinismo avanzaba sin freno.

Dos siglos más tarde, en el desván del 263 de Pinsengracht, Ana Frank y su familia se escondieron de los nazis; el famoso libro escrito por ella nos deja testimonio de la incruenta crueldad de los hombres y el miedo de las gentes que se escondían de una muerte segura. Hoy en día su casa se ha convertido en un museo para que sea recordada.

Aunque durante casi toda su historia (menos 1808-1810) haya sido la capital oficial de Holanda, nunca ha sido la sede de la justicia, el gobierno o el parlamento holandés, ya que todos estos órganos se encuentran en la ciudad de La Haya, que por tanto es la principal ciudad del país con respecto a política y justicia. Ámsterdam tampoco es la capital de la provincia de Holanda Septentrional, que siempre ha sido Haarlem. Una de las respuestas puede ser que los parlamentarios quieren huir a zonas no tan bulliciosas y nocturnas para poder tomar las mejores decisiones. La noche en esta ciudad es de impresión. Se puede ir al Panama, o el Club 11 que son algunos de los mejores “lounge clubs” de esta ciudad. Si se quiere salir, solo se tiene que poner rumbo con el tranvía hacia Leidseplein o la Rembrantplein.

La ciudad aun tiene más facetas de su carácter que mostrarnos y estas se producen a finales de abril, por el cumpleaños de la reina, cuando el centro se cierra y la ciudad rebosa del color nacional, el naranja (la familia real pertenece a la casa de Orange), durante dos noches de caos, pelucas del susodicho color, camisetas y cerveza también de color naranja. Al día siguiente, a primera hora no queda nada de la basura producida y recogida con celo casi calvinista.

Como dije al principio, otras ciudades se podrán apropiar del atributo de ser las más monumentales, pero ésta es la que mejor define el mito del espíritu, la más intemporal y la que más se ha acercado a la propia libertad del individuo.

miércoles, 16 de mayo de 2007

AMSTERDAM, UN OASIS DE LIBERTAD (I)







Hay ciudades que se convierten en mito sin querer serlo. El mito de Ámsterdam es un mito del espíritu. Siempre que pensamos en Ámsterdam la mente nos nutre de palabras como libertad, tolerancia, sencillez, soltura, licencia, y, porque no, libertinaje. Ofrece una interesante mezcla de lo abierto y lo encubierto, de lo franco y lo clandestino. La ciudad ha logrado su justificada fama por la imagen que ha proyectado al exterior, ya sea a través de un Rembrant o los escaparates iluminados de rojo del barrio del mismo nombre. Sin embargo, no hay que quedarse nunca en la fachada que nos proyecta una ciudad, sino bucearla para descubrir esas pequeñas atracciones menos visibles, esos pedacitos de belleza o de historia que merecen toda nuestra atención.

Hay veces que incluso el tópico más tópico es agradable de conocer. Sus canales no la hacen nombrar la Venecia del norte ( mote apropiado por su amiga norteña Estocolmo), sin embargo, son elegantes y armoniosos; los cuatro anillos concéntricos de Grachtengordel forman paseos acuáticos flanqueados por delicados árboles a través de los cuales pasa una luz tamizada. Las casas tienen fachadas de escasos 3 metros y, aunque parezca un eufemismo, son muy verticales. Tan empinadas se encuentran que son necesarias las poleas que sobresalen de sus tejados para subir y bajar objetos pesados. Los puentes peraltados y los caminos adoquinados definen físicamente la forma del centro de la ciudad antigua y transportan al visitante a su edad de oro, en el siglo XVII.


A principios de ese siglo, Ámsterdam se convirtió en una de las ciudades más ricas del mundo. Desde su puerto, salían embarcaciones hacia el mar Báltico, Norteamérica, África y las tierras que ahora representan Indonesia y Brasil... De este modo se creó la base de una gran red comercial que les llevaba a todo el mundo. Los comerciantes de Ámsterdam poseían la mayor parte de la Dutch East Indian. En esa época Ámsterdam era el principal puerto comercial de Europa y el centro financiero más grande del mundo. La bolsa de Ámsterdam fue la primera que funcionaba a diario. Y con esas premisas se movieron libremente Rembrant, Vermeer o alguno de los mejores artistas del momento y que allí habitaban. Hoy los podemos observar en el Rijksmuseum, él único edificio realmente monumental de esta ciudad tan íntima, mientras que Van Gogh merece un museo solo para él.

Aconsejo observar detenidamente la famosa obra de Vermeer “La joven de la perla” (perfecta la interpretación de Scarlett Johansson encarnando a la joven Griet en la película que hizo Peter Webber). Pasados unos segundos centrados exclusivamente en dirigir nuestra mirada a la pintura, se nos traslada el sentimiento y la sensibilidad propia de la joven allí retratada. Me produce mucha curiosidad como un dibujo, que al final es papel y color, nos traslada sensaciones y nos hace emocionarnos. “Porque es arte”, me contestará cualquiera de vosotros. Pues bien, solo decir que a este cuadro, que tiene película y novela, solo le falta el resto de las artes. Podria haber una canción, una escultura, un poema...


No debemos olvidarnos de la contracultura de la ciudad más terrenal del “puerto de Ámsterdam”. Las meretrices se muestran risueñas y tratan de ofrecer sus encantos a todo aquel que se atreva a cruzar el muro de cristal que las separa del mundo exterior. Esta ciudad es uno de los pocos sitios en el mundo donde no se utiliza la hipocresía o el cinismo en este tema. La prostitución está legalizada. En otros países no se sabe si entra en el campo de la legalidad o la moralidad. El barrio rojo esta plagado de turistas que les hacen fotos cual animales enjaulados y que entran a ver espectáculos de sexo en vivo.


En otro artículo expondré algunas ideas más que me provocan este adalid de la libertad llamado Ámsterdam.

jueves, 26 de abril de 2007

CÓRDOBA, UN VERGEL DESPUES DE LA SEQUIA













La visita a Cordoba de Charlton Heston y el resto de miembros que participaron en el rodaje de El Cid les hizo abrir los ojos. En su momento de mayor apogeo, allá por el siglo X, la Córdoba del califato omeya encarnó la máxima expresión de la civilización humana. Cuando el resto de Europa se hallaba todavía sumida en la edad de las tinieblas, Córdoba se había convertido en un importantísimo centro cultural, comercial y científico. Los musulmanes pasaron a encarnar a los nuevos romanos, los que rescataron a Occidente de los bárbaros visigodos y sembraron en última instancia la simiente del Renacimiento.

Capital de Al-Andalus, Córdoba se convirtió en “un vergel después de la sequía”. Exiliada después de que los abasíes la expulsaran de Bagdad, la dinastía omeya buscó refugio en la península ibérica, donde se encontró con un pais desmembrado tanto cultural como geográficamente. En concreto, esta dinastía se estableció en Córdoba, una modesta población que los romanos habían fundado en el punto más alto del curso del Guadalquivir, cuyo progresivo descenso marcaría el declive definitivo de la gran capital omeya. Junto al lecho mismo del río se construyeron numerosas norias para llevar agua a la ciudad y a los campos de cultivo de la región. De todas ellas, tan sólo se han conservado una, la de Albolafia, aunque permanece en desuso desde que la reina Isabel la Católica se quejase del ruido que producía durante su estancia en el alcázar.

Los Omeyas hicieron de Córdoba su patria espiritual, a imagen y semejanza de su añorada Damasco, pero con el tiempo acabo convirtiéndose en la capital del califato independiente de Al-Andalús.
En claro desafío con los preceptos coránicos, Córdoba se convirtió en la tierra del vino, las mujeres y la música, una sociedad que supo conciliar los lujos y los placeres con el cultivo del intelecto. Además de la extraordinaria mezquita de tonos blancos y rojos, esta sensual noción de la vida que hicieron gala los andalusíes dejó como legado a la ciudad un sinfín de acogedores jardines y patios con susurrantes fuentes de aguas y paredes encaladas de un blanco inmaculado. Con sus calles y sus recónditas plazas hermosamente iluminadas de noche, el barrio de la Judería parece haberse anclado en el pasado, cuyo silencio rompe de vez en cuando el inconfundible tañido de una guitarra.

Los patios siguen siendo una de las señas de identidad de los cordobeses, y todos los meses de mayo compiten entre si por hacerse con el premio del patio más hermoso de la ciudad. La córdoba de hoy en día hace tiempo que dejó de ser un centro comercial de importancia para convertirse en una tranquila capital de provincias centrada en la producción de aceite de oliva. La comida sigue haciendo honor a su pasado árabe, y la población, joven y alegre, como su oriundo Joaquín Cortes, abarrota las cafeterías y los bares de la calle Romero para degustar el montilla moriles de la región.

Si se mira hacia el pasado, Córdoba viene a encarnar el ideal utópico de una ciudad cuya historia reta las cruzadas de los libros de historia. Nosotros, los viajeros, podemos optar por Madrid, Barcelona o Granada, pero como bien saben los lugareños esta es la madre de todas las ciudades.

martes, 17 de abril de 2007

ULAN BATOR, UN SUEÑO PARA LOS NOMADAS








Para los habitantes de la capital de Mongolia Exterior, el proverbial centro de ninguna parte es el centro del mundo. Situada en una estepa ventosa rodeada de los cuatro picos sagrados del extremo del desierto del Gobi. Éste es el más grande del planeta y esta ciudad es la única zona metropolitana del país.
El concepto de ciudad choca con la naturaleza nómada del pueblo mongol. Como su campamento principal, una serie de gers o tiendas de fieltro o cuero, Ulan Bator se ha ido trasladando y ha modificado el nombre con cada cambio de ubicación. Y estos cambios han sido numerosos: en el siglo XII, bajo el mandato de Gengis Kan, el mongol más famoso del mundo, Mongolia contaba con un imperio que abarcaba desde el Danubio hasta el Pacífico, el más grande que ha existido nunca.

Habría que esperar a 1788 para la fundación de Urga (Antiguo nombre de la ciudad), ya que el campamento había crecido tanto que era preciso establecerlo en un lugar fijo. Las crónicas hablan de un centro rico, lujoso y cosmopolita de comercio, enseñanza y tolerancia religiosa. Las gers de textura lisa creaban la ilusión de una “ciudad de fieltro”, que más tarde sería ocupada por rusos, tibetanos y chinos, y en la que se intercalaban cúpulas bizantinas, templos budistas y monasterios con llamas cubiertas de telas de color naranja. Se dice que la yurta del ultimo Khan (que se hacia llamar Batman) estaba cubierta con la lujosa piel de un guepardo.
El nombre de Ulan Bator significa “héroe rojo”, lo que da una idea de lo que estaba a punto de ocurrir en la capital mongol. Los soviéticos la invadieron y eliminaron las costumbres medievales. Como explica Tiziano Terzani, “el símbolo de modernidad era la ciudad, de manera que incluso los mongoles- nómadas, pastores, hombres de la estepa- acostumbrados a vivir en yurtas, debían tener una”. La ciudad recibió la huella soviética, con el broche de oro de las calles Lenin y Stalin. Los automóviles sustituyeron a los camellos; los fríos y grises bloques de apartamentos surgieron como setas en detrimento de los gers, y las llamas, junto con la empresa privada y la libertad de enseñanza, incompatibles con el comunismo, desaparecieron de la ciudad.
El imperio soviético ya no existe y Mongolia es independiente de nuevo, pero Ulan Bator probablemente nunca recuperará su carácter y su mística orientales originales. Tal vez los conceptos de estado y modernidad sean irreversibles, y la influencia soviética resulte demasiado concreta e imborrable. Sin embargo, entre el polvo de los edificios que han dejado atrás, las llamas adivinas están regresando y la identidad mongol se va recuperando. Los mongoles vuelven a estar orgullosos de Genghis Kan. Cada mes de julio, en la céntrica plaza Sikhbatar, se celebra el festival de lucha de Nadaam, una versión mongol de los gladiadores y un homenaje a los músculos.
A pesar de la existencia de estos rituales, se percibe que la conciencia colectiva de pueblo ha desaparecido. Sin embargo, Ulan Bator ya no es una mera curiosidad turística en el recorrido del Transiberiano, ni Mongolia Exterior es una metáfora burlesca de lo perdido: es, de nuevo, un destino por derecho propio.
Por último debo decir como dato curioso que es el único país donde se puede comprar un lobo. Hoy en día, los lobos abundan en nuestra “fauna ciudadana” y todos tienen “un precio”.

martes, 3 de abril de 2007

GANTE, EL NACIMIENTO DE UN EMPERADOR





Lo primero que nos sugiere Gante es su tranquilidad y su familiaridad, el hacernos sentir como en casa desde que prenden en nuestros ojos sus románticos campanarios. Gante debe su nombre a la etimología gaélica Ganda, que significa cruce o confluencia, en su caso la de los rios Escalda y Lys, que regalan al viajero que los surca un delicioso paseo en barco.
Hay ciudades que las recordamos por sus monumentos, otras por sus rutas o acontecimientos, y otras por haber dado a luz, en sentido metafórico, a algunos de los personajes más populares de la historia. En este momento seguro estáis pensando quien fue el personaje que nació en Gante. Pues si, se trata de Carlos I de España y V de Alemania, uno de los hombres más poderosos de todas las épocas e hijo de nuestra “loca” más famosa, Juana. Desde aquella época, todos los ganteses han tenido una relación de proximidad con el monarca español, ya que se habla de él como si fuera un político local. Unas veces de idolatría y otras de humillación. Una vez Carlos I sometió a los ganteses a una dolorosa humillación pública: les condenó a que salieran a la calle vestidos tan sólo con unas sayas y con una soga al cuello. Lejos de querer olvidarlo, todavía salen igual a la calle durante las fiestas de Gante- que se celebran todos los años en el mes de julio-, orgulloso y altivo, en rencorosa conmemoración de los conocidos como “Los de la soga en el cuello”. En el 2000 se celebró el quinto centenario de su nacimiento, ya que allí se le reconoce como Carlos V de Alemania y no I de España.

Se la conoce también como La ciudad de las cuatro torres, siendo la soberbia de sus campanarios la que se hace sabedora de mucha más historia que cualquier libro. Destacamos la torre del Campanario Municipal, declarada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad y desde donde se puede observar la ciudad desde las alturas. También se obliga, más que un puro consejo, a que se visite el barrio medieval Patershol, donde el musgo y las estrechas calles hacen que el paseo rememore antiguas huidas de los religiosos y seglares entre sus pasadizos, cuando las cosas se ponían muy feas. Como placer último después de haber ejercitado las piernas, nos haríamos tripulantes de un barco con la intención de recorrer sus eternos canales. En ellos, la ciudad tiene otra sensibilidad y otra forma de ser vivida. Divisar y reconocer en sus fachadas parte del siglo XVI, cuando la ciudad era la más grande de Europa (Salvando Paris) al norte de los Alpes.


Gante compite en belleza con la cercana Brujas y en poder con Bruselas. Sabedora que juega con la desventaja del desconocimiento por parte de los no belgas, trata de potenciar sus encantos, como una amante herida en su orgullo, tratando de que el viajero se quede prendado con los dulces aromas a chocolate, con el olor penetrante a incienso de sus iglesias, con los 250 tipos de cerveza del “De Bulle Griet”, y con la combinación perfecta de su gastronomía entre la exquisitez de la francesa y la abundancia de la alemana. Es una ciudad para soñar despierto.

También podemos hablar del primer club feminista de la historia. Los beaterios (donde debemos decir que la culpa inicial de su creación la tuvieron las cruzadas) se fundaron cuando los europeos emigraron en masa a defender la lejana Jerusalén y muchas mujeres quedaron solteras y viudas. Algunas no tenían dinero para pagar la excesiva dote que pedía un convento, otras simplemente querían vivir tranquilas a su aire. Así nacieron en el Siglo XIII los primeros beaterios, verdaderos gineceos en las afueras de la ciudad. Además prometían la castidad y eso es lo mas curioso dada su falta de medios todas tenían que ganarse la vida trabajando. Así nació sin querer el primer grupo de mujeres emancipadas de la historia en un mundo oscuro y medieval donde las féminas eran un instrumento para ganar guerras o parir hijos. Ellas fueron los ejemplos a todas las mujeres que quisieron vivir solas y con su propio sueldo.