Hasta que Noruega consiguió la independencia, Oslo fue una pequeña ciudad provinciana llamada Cristiana que se encontraba situado en los límites del imperio escandinavo y estaba dominada por Estocolmo. Aunque esta última domine el diseño de interiores más vanguardista, Oslo, la más pequeña de las capitales de Escandinavia, es hoy también la ciudad más activa.
A pesar de las actitudes un tanto calvinistas de los habitantes de Oslo hacia la venta y el elevado precio del alcohol (cosa que pudimos comprobar en nuestro viaje), poseen una mentalidad vikinga, amante de la diversión, de Thors robustos y Hildegaards rubias. En la puerta de Kart Johan, la calle más famosa de Oslo cuyo nombre procede del rey del siglo XVIII y que fue lugar de encuentro de una comunidad artística que incluía a Munch, Visen, Grieg y compañía, hay bares y locales nocturnos llenos de vida (aunque sirven cerveza sin alcohol). El recuerdo de las excelentes credenciales de navegación de los noruegos está al alcance de la mano en un puñado de museos que acogen el Kon-Tiki, el Fram (el barco polar de Scansen) y ejemplos de las embarcaciones que dominaron y aterrorizaron los mares y, según algunos, que descubrieron América. Resulta extraño imaginar a esta raza de rudos guerreros de barbas rojas convertidos, tras unos cuantos siglos, en una nación discreta, sinónimo de pacifismo escandinavo. En el interior de la funcionalidad democrática del Radhus (ayuntamiento) se entrega cada año el premio nobel de la paz. Y si queremos finalizar el viaje en un precioso lugar no debemos perdernos sus monumentales fiordos. Puedes relajarte en un paseo en barco por esas montañas que miran con la altivez de saberse mayores que tu y con la contemplación de la naturaleza en estado puro.
En definitiva, un país cuyo bien más preciado es la naturaleza y al que, cuando nuestro stress este llegando a cotas máximas, podemos visitar para obtener de el toda su hermosura y paz.



































