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martes, 19 de febrero de 2008

GIRONA, ESENCIA MEDIEVAL (II)













Esta vez hago caso de la leyenda de una famosa estatua que dice que “si no li fas un petó al cul de la lleona, no tornes a Girona” y os llevo a hacer un viaje por la historia de una de las mayores juderías y ha contemplar de cerca el Tapiz de la Creación, obra de incalculable valor.



Es curioso que la calle donde vivía hasta hace bien poco el heptacampeón Lance Arsmstrong se llame calle de la força. Este ciclista, de métodos y normas espartanas, estuvo alojado en una de sus casas ya que Girona le permitía entrenarse por sus cercanas montañas y por su tranquilidad fuera de la fama que acompaña a todos los que necesitan paz en sus actividades. Buena elección vistos los resultados. Esta calle es estrecha y sombría, además de albergar algunas de las casas más antiguas de la ciudad. Desde aquí podemos ver como parten estrechos y pintorescos callejones en los que vivió una nutrida comunidad judía, que se mantuvo muy activa hasta su expulsión del país en el año 1492. Algunos de estos callejones más típicos son el de Manuel Cundara o el de San Llorenç. No hay que dejar de visitar, por cierto, el Museo de Historia de los Judíos que se ubica en el Centro Bonastruc, un lugar emblemático emplazado en el centro del Call (calle en latín) de Girona. Esta comunidad tiene normas propias y en cuanto a su alimentación sabemos que no pueden comer nada que rumie y sólo animales con pezuña partida ya que los consideran animales puros. Si queremos conocer un poco más esta cultura nada mejor que descubrir en el museo la vida diaria en el Call, en las casas, en los patios, así como sus rituales, fiestas y tradiciones que marcan el paso de los años y el ciclo de vida. De mención son las salas donde se recrean el cementerio que tenían en Montjuïc, al norte de la ciudad. Los judíos siempre enterraban a sus muertos en lugares alejados de la urbe, así que lo hacían en montañas próximas como este Monte de los Judíos. La colección de lápidas y estelas con epitafios hebraicos son una de las mayores de España.


La Catedral


Precedida por una monumental escalinata de 90 peldaños y por una soberbia fachada barroca, la Catedral de Girona es en realidad un templo gótico erigido entre los siglos XIV y XV. Su nave es de 22,98 metros de anchura por 35,20 metros de altura y 50 metros de longitud. Esta es una de las mayores dimensiones de la arquitectura medieval y ofrece un aspecto en verdad impresionante. A destacar el campanario de la Torre de Carlomagno, visible desde su recinto, y la famosa bruja cuya leyenda cuenta que fue una mujer malhablada cuyo castigo fue convertirse en piedra y arrojar agua por la boca, como acto de pureza. Sólo podía ser una gárgola recordándonos a las de Notredame. Una vez dentro del Museo Catedralicio admiramos el Tapiz de la Creación, enorme pieza de tela bordada que constituye una maravilla del arte románico y única en su genero. Representa en círculos concéntricos la figura de Cristo Pantocrátor y una serie de escenas de la Creación del mundo, tomadas del libro del génesis.



lunes, 18 de diciembre de 2006

ESTOCOLMO, PAISAJES NORDICOS



ESTOCOLMO, PAISAJES NÓRDICOS

Aunque suene a tópico, Estocolmo es la Venecia del Norte. Seguramente el viajero que haya pisado las dos ciudades encuentre muchas semejanzas entre la una y la otra. El agua y los canales forman parte de la geografía propia de esta magnifica ciudad nórdica. Fue fundada en la pequeña isla de Stadsholmen, conocida hoy en día como Gamla Stan (ciudad vieja). Las 14 islas que se sitúan a sus pies y que configuran un importante archipiélago hacen que sus habitantes deban disponer de 53 puentes que permiten la circulación entre los diferentes barrios.

La isla y el parque de Djugarden cuentan con los alicientes suficientes como para ser digna de una visita. Allí encontraremos un museo de visita obligatoria dado que nos expone como han vivido todas las generaciones de nórdicos. Es un buen ejemplo de acercarnos a una cultura a veces lejana. Desde allí podemos dar un paseo por su parque y comenzar a degustar lo que Ingmar Bergman dijo refiriéndose a su ciudad: “No es una ciudad. Es simplemente un pueblo bastante grande situado en medio de algunos bosques y lagos. Quizá te preguntes qué cree que está haciendo ahí, pues dándoselas de importante”. Quizá tenía razón porque Estocolmo es una ciudad que destila ese ambiente que tienen los pueblos, íntimos y asequibles, pero con elementos necesarios de una gran capital: una ópera, un gran hotel y un enorme palacio real. La realeza actual desciende de uno de los subordinados mariscales de Napoleón, Jean-Baptiste Bernadotte, quien logró que Carlos XIII le adoptara, con lo que ascendió al trono en 1818.

Cuando me absorbió esta ciudad era un mes de mayo, y es cuando el sol se resiste a ponerse hasta las diez y sale madrugador a partir de las cuatro de la mañana. Con esa luz y los barcos de vapor que llevan decenios haciendo las mismas rutas, la ciudad me atrajo de tal manera que la consideré una de mis favoritas. Solo divisar las casas de madera, los bosques y su perfecta armonía con los canales produce un efecto hipnótico como el que hizo que el gran Vassa se hundiera en 1628 en el fondo de la bahía.

Estocolmo también se quiere a si misma. No hay más que ver la bandera nacional sueca en todas las casas. El azul y el amarillo parecen estar presentes por todas partes reafirmando la unidad de un país donde hay muchos pocos nacionalismos interiores. La misma cultura es en el norte que en el sur, la misma lengua e incluso, aunque con diferencias, la misma gastronomía. Suecia, junto con Japón y otro país que ahora mismo no recuerdo y que dejó a la inestimable ayuda del posible lector, se presenta como un totum unificado.

En el verano de 1973, durante un asedio de seis días al Kreditbanken, el lazo que se formó entre los rehenes y los secuestradores hizo que los primeros se negaran a declarar posteriormente y llevó a la invención de la expresión el “Síndrome de Estocolmo”. Pues al igual que Florencia, que me cautivó con su arte, debo decir que el “Síndrome de Estocolmo” existe y que lo sufro cada vez que un paisaje nevado, un canal, un bosque me recuerdan a la más bella ciudad rubia que he conocido nunca. No me privéis de volveros a hablar de ella en un futuro.